Anécdotas Hípicas Venezolanas presenta

La etiqueta del hípico venezolano

Entre la pasión y el prejuicio

Por Juan Macedo

 

Vamos a decirlo sin rodeos: en Venezuela, decir que te gustan las carreras de caballos es, para muchos, casi como admitir un vicio. No te ven como un aficionado al deporte, ni como alguien que entiende de pedigríes, tiempos o estrategias. Te ven como un apostador empedernido, alguien buscando “pegar el batacazo” sin trabajar demasiado. Esa es la realidad, cruda y sin maquillaje.

 

 

En el imaginario popular venezolano, el hípico no es un amante del deporte. Es el tipo que pasa horas con la gaceta hípica en la mano, haciendo cuentas que casi nunca cuadran, convencido de que esta vez sí “la va a pegar”. La figura es conocida: el que pide prestado para jugar en el remate, el que desaparece el domingo entero, el que celebra como millonario… para al día siguiente estar pelando. Y aunque no todos son así, ese estereotipo se ha comido a la mayoría.

 

El problema no es solo la percepción: es que el propio entorno del hipismo ha hecho poco para defenderse. Apuestas poco claras, resultados que muchos consideran “sospechosos”, rumores constantes de carreras arregladas… Todo eso alimenta la idea de que el hipismo es un juego donde el que entra ya está perdiendo. Y cuando la gente siente que hay trampa, automáticamente mete a todos en el mismo saco: dueños, entrenadores, jinetes… y también al aficionado. Porque, según esa lógica, “si sigues ahí es porque te gusta ese guiso”.

 

En un país golpeado económicamente, la promesa de ganar dinero rápido es un imán poderoso. Y el hipismo juega directo en ese terreno, pero eso también lo condena. Porque en vez de verse como deporte, se ve como una extensión de la viveza criolla: apostar, rezar y ver “si suena la flauta”. No importa si sabes o no; lo importante es tener “un dato” o “un contacto”. Y cuando eso se vuelve la norma, el respeto desaparece.

 

No ayuda que durante años hayan circulado historias de dopaje, arreglos y manos negras. Algunas comprobadas, otras exageradas, pero todas contribuyendo al mismo resultado: nadie confía del todo. Entonces, el aficionado queda mal parado: si gana “algo raro hubo”, si pierde “es un pendejo más”. No hay punto medio.

 

Lo más injusto es que detrás de ese estigma hay gente que realmente ama el hipismo. Personas que se saben la genealogía de un caballo mejor que su propio árbol familiar. Gente que estudia, que analiza, que vive la carrera como si fuera ajedrez en movimiento. Pero esa imagen no vende. No hace ruido. No encaja con el prejuicio. Y en un país donde el chisme corre más rápido que cualquier pura sangre, el prejuicio siempre gana.

 

El hipismo venezolano no solo compite en la pista; compite contra su propia reputación. Y va perdiendo. Mientras no haya transparencia, reglas claras y un cambio real en la forma en que se maneja el negocio, el aficionado seguirá siendo visto como parte del problema, no como víctima ni como apasionado. Porque al final, en Venezuela, el hípico no carga solo con su boleto… carga con una etiqueta que pesa más que cualquier apuesta.

 

Anécdotas Hípicas Venezolanas, jueves 30 de abril de 2026

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